Crónicas de Sargón 4 - Tom

 

 

 

            Entidad: Estoy comunicado con vosotros. Mi nombre es Rael-Dan comentando las crónicas de Sargón, sintiendo que yo ni siquiera era un personaje secundario en esas crónicas del año 6.200 de la era galáctica hace 3.800 años terrestres.

 

            No sabía mi nombre. Mi protectora Martial me había puesto Tom, por ponerme un nombre. Estábamos en el planeta Angustor, a veinte años luz de Sargón 4 y esa noche me llevaba al club social. Cuando entramos, el salón principal era inmenso, sin embargo todos nos miraron, principalmente a ella. Destacaba su figura bajo su ajustado traje, sus curvas, el cabello recogido que dejaba apreciar su fino cuello. Yo, de mí, ¿qué puedo decir?    Es verdad, ella era muy alta, alcanzaba con su cabeza mi boca.

 

            -¿Te gusta el lugar, Tom?

 

            -Me intimida, creo que todos nos están mirando a nosotros, Martial.

 

            -¿Y qué? Y si así fuera, ¿qué? Es lógico que te miren a ti las mujeres, eres muy apuesto. Quizá si no te peinaras con ese flojo peinado con flequillo…

 

-Por favor, vamos a sentarnos.

 

            -Está bien- dijo ella. Ocupamos una mesa en un rincón. -¿Quieres tomar una mezcla radiante?

 

            -No, quiero algo suave. Me dijeron que la mezcla radiante es algo demasiado, demasiado fuerte y no creo que mi paladar esté acostumbrado a eso.

 

            -Lo que tú digas. -Martial pulsó un botón y ordenó: -Por favor, dos manantiales.

 

            Luego me miró a los ojos y preguntó: -¿Te animas a bailar?

 

            -¡No! -me aterré– no sé bailar y aquí está lleno de gente.

 

            -Ay, Tom, Tom, Tom. Y yo pensaba que era una joven que no tenía paciencia. Debes ir venciendo esa timidez, Tom, cuanto antes superes tus inhibiciones más rápido te readaptarás al medio, ¿entiendes lo que te digo?

 

            -Yo sólo pienso una cosa, Martial, ¿tú crees que mis vergüenzas y mis temores son producto de mi supuesta amnesia?

 

            -Cierto, yo creo que no eres así.

 

            -Yo no; yo estoy convencido de que soy así, de que toda mi vida fue así. Cuando tú te vas a trabajar, yo me quedo leyendo, no sólo estudio las lecciones que tú me dejas, sino que consulto otros libros y he leído que la pérdida parcial de memoria no afecta a los centros de la personalidad.

 

            -¿Y a qué conclusión has llegado? A ver, Tom, dime.

 

            -A que yo siempre fui débil y temeroso. Lo siento, Martial, no sabes como me gustaría ser fuerte, resuelto, para agradarte.

 

            -¡Ja, ja, ja, ja, ja! Cálmate, Tom, cálmate; ahí llega el camarero con las bebidas. Tomemos los manantiales y dejémonos de pensar en cosas complicadas, tratemos de disfrutar esta salida.

 

            -Lo que tú digas, Martial –dije, sumiso.

 

            -No te olvides que en tu sangre salió una droga que quizá te cambió la personalidad. Eso lo dirá el del laboratorio.

 

            Lo que tenía era un oído finísimo, al igual que Martial, y se escuchaba a tres jóvenes que reían divertidos en la lujosa barra del salón.

 

Uno de ellos comentaba: -¡Ja, ja, ja! Así es, Erik, a Sonia la conquisté en el desolado paisaje.

 

            -Cuéntanos, Kerbs, ¿la hiciste tuya?

 

            -¡Je, je, je! Fue ella la que me poseyó a mí -los otros corearon la frase con una carcajada.

 

-Pero hay una que te tiene mal traer –exclamó Yel, el tercer joven.

 

            -¿Ah, sí? ¿Quién?

 

            -Bueno… Martial- y Yel agregó: -Sé que la has acompañado un montón de veces, pero jamás lograste besarla siquiera.

 

            El rostro del hombre se descompuso en una mueca de furia: -¡A mí nadie me ha rechazado! ¿Quién hizo correr esa versión? ¿Quién? ¿Quién? ¿Dímelo?

 

            -No, no sé; se comenta por ahí.

 

-No te apresures, Yel, en sacar conclusiones. Martial caerá en mis brazos en cualquier momento.

 

            -Jo, jo, jo!- Yel lo pinchó y le dijo: -Hasta ahora se mantiene inmune al encanto de tus millones.

 

            -Mira, si tú crees que…

 

-Observa, observa, parece que te van a ganar de mano; mira hacia aquel rincón.

 

            El hombre hizo rechinar los dientes mirando hacia nosotros, no quería que sus amigos se burlasen de él.

 

            -Yo arreglaré esto –exclamó, terminando el contenido de su copa de un trago –no me gustan los entrometidos.

 

            Mi corazón latía fuertemente porque venía hacia nosotros. Se acercó a la mesa donde nos encontrábamos y le dijo a Martial: -Oye, necesito hablar contigo.

 

–Ahora no es posible, –lo rechazó ella -como puedes ver, estoy ocupada.

 

            -Debo decirte algo importante, Martial. Es sólo un momento, ahora.

 

            -Lárgate. Sabes que me disgusta repetir las cosas.

 

            -A mí también, Martial, y yo tengo menos paciencia que tú. Hablemos.

 

            En ese momento algo adentro mío se rebeló y le dije: -La señorita le dijo que ahora no.

 

            -¡Tú cállate, pelele, no existes!

 

            -Pero es que ella…

 

            -No sigas hablando, imbécil –y me tomó del cuello.

 

            -¡Basta! –cortó Martial, sujetando la muñeca de él –vete o me enojaré de verdad.

 

            -Está bien -me soltó, empujándome contra el respaldo del asiento –pero esto no va a quedar así, tu amiguito me las va a pagar.

 

            Cuando el petulante muchacho se marchó le dije a Martial: -Lo siento, debí permanecer callado.

 

            -No, no, no, no; nada de eso, has tenido una pequeña iniciativa y eso, para mí, es un gran adelanto.

 

            -El problema es que ahora me he ganado un enemigo.

 

            Martial meditaba con el ceño fruncido y no me contestó.

 

            -¿Qué piensas? Me siento incómodo cuando no me cuentas las cosas.

 

            -No, no, no, no; nada. No te preocupes, Tom. Nada.

 

            Terminamos de beber, charlamos de todo un poco y a la salida nos encontramos con la sorpresa de que los tres amigos nos cerraban el paso. Kerbs se adelantó exclamando: -¡Ja, ja, ja! ¡Vaya, vaya! ¿Conque este es el tan inoportuno defensor de niñas…?

 

            -Déjanos tranquilos, Kerbs- pidió Martial. -Vete con tus amiguitos a seguir embriagándote.

 

            -No, quiero averiguar que tal se comporta tu comedido acompañante a la hora de los hechos.

 

            -Es que yo no hice nada, yo sólo dije…

 

            ¡Plas! El cachetazo del revés me dio vuelta a la cara.

 

            -Estúpido -gritó Martial.

 

            Pero Erik y Yel le impidieron que intercediera.

 

            -Pelea, cobarde, –me dijo Kerbs -no te escondas detrás de las mujeres, y tú, Martial, dale ocasión de defenderse, déjalo.

 

            -Él no tiene nada que ver en esto, déjalo marcharse –exclamó Martial –tú querías hablar conmigo.

 

            -Cambié de idea. No me interesa hablar, ahora quiero darle a este cretino su merecido.

 

            Y Erik apoyó el pie en las asentaderas mías y me empujó hacia Kerbs. Este me recibe con un tremendo puñetazo al rostro.

          -¡Aaay!- Mis ojos se llenaron de lágrimas. Un segundo golpe me tumbó en el piso. Recibí un puntapié en las costillas.

 

            -Martial empujó a los otros dos y se plantó frente a Kerbs exclamando: -Otro golpe más y te las verás conmigo.

 

            -¡Ja! Me gustaría mucho vérmelas contigo, pero a otro nivel.

 

            -No me interesas, Kerbs –me levantó examinándome el rostro y se desentendió de los tres hombres.

 

            -¡Aay! Me siento mareado, creo que voy a vomitar.

 

            -Vamos a casa, te daré unas gotas y dormirás un poco.

 

            Me ayudó a entrar al helio móvil y en instantes nos alejamos del lugar. Me sentía como un tonto. Me sentía humillado, pero no por lo que me habían golpeado o el puntapié en las costillas. No, para nada; me sentía mal porque (sollozos) me habían humillado delante de ella.

 

            La historia continua y esto que les relato, al fin de la historia, Martial me lo hizo saber. El doctor de cabecera habló con Martial por videófono y ella entró a su oficina atendiendo la llamada.

 

            -¿Qué se le ofrece, doc?

 

            -Te quiero adelantar una noticia, porque supongo -dices que estás todo el día trabajando- que no viste el informativo.

 

            -Es verdad, no lo vi. ¿Qué sucedió?

 

            -Un crimen, -exclamó el doc –y por las características, parece obra del esquizoide prófugo.

 

            -¿Por qué?

 

            -El cadáver está completamente desfigurado.

 

             -Es horrible –musitó Martial – ¿se sabe quién es la víctima?

 

            -Sí. Era Erik, un conocido tuyo. Y además, dos amigos más, uno está en coma y el tercero con el rostro desfigurado.

 

            -¿A qué hora fue eso?

 

            -A media mañana. Los atacaron por la espalda con una saña tremenda. El asesino usó un pequeño puñal. Al cadáver le falta la billetera y los otros dos están absolutamente lastimados.

 

            -Pero nadie cree, doc, que el móvil haya sido el robo, absolutamente nadie. Es extraño, Doc.

 

            -¿Y tu protegido, dónde está?

 

            -En casa.

 

            -Te has quedado pensativa. ¿Qué te ocurre?

 

            -¿Sabe, doc? Tom conoció anoche a Erik, a Yel y a Kerbs. Erik murió, Yel quedó herido y Kerbs está en coma. Y ellos lo trataron mal.

 

            -¡Entonces estaba en lo cierto! –Exclamó el doc –Tom es el demente, ¿qué esperas para denunciarlo?

 

            -No. Él es inocente. No tiene nada que ver con el crimen.

 

            -Martial, ¿no te habrás enamorado de él?

 

            -No diga tonterías, doc, aparte, si así fuera, es un problema mío.

 

            -No, como lo defiendes tanto…

 

            -Tom sólo me inspira pena, veo en él a una criatura. Debo seguir ayudándole.

 

            -No es una criatura. Si te fijas bien, mira lo esbelta que eres tú y él te lleva casi una cabeza. No te equivoques, mujer.

 

            -Lo dejo, doc, hasta la vista –Martial cortó la comunicación y se quedó pensando.

 

            A veces no conocemos verdaderamente la mente de las personas encarnadas, no conocemos cómo actúan nuestros decodificadores.

 

            Cuando llegó, la miré. Su silueta de amazona destacaba más aún con el ajustado traje espacial, el rojo cabello le ondulaba al caminar, iba algo nerviosa, apoyó el dispositivo magnético y la puerta corrediza se abrió dejándole paso, luego se cerró tras ella.

 

            -¿Tom?

 

            -Sí.

 

            -¿Podemos hablar?

 

            -Sí.

 

            -¿Qué has estado haciendo?

 

            -Bueno, mirando el informativo…

 

            -Y… ¿has visto algo?

 

            -No, por momentos soñaba con naves, por momentos soñaba con el sistema solar de Sargón, me veía piloteando…

 

            -Quizás eras verdaderamente piloto...

 

            -O quizá fui pirata del espacio. Prefiero seguir con la amnesia. ¡Mira si fui pirata del espacio!, ¡mira si fui algún delincuente!, ¡mira si fui algo peor que un delincuente!

 

            -Cálmate, Tom, cálmate, cálmate, cálmate. ¿Y ese dinero?

 

            -¡Ah!, me lo dio de propina la señora Cogam por haberle ayudado a cargar con unos paquetes.

 

            -¿Cuándo fue eso, Tom?

 

            -Hace un rato. Había salido a caminar por ahí, justo me crucé con ella y la ayudé con los paquetes y me dio ese dinero…

 

            -Pero me parece demasiado para una propina, ¿no me mientes, Tom?

 

            -¿Crees que lo robé? –La miré con resentimiento –si desconfías de mí no me tengas en tu casa.

 

            Me tomó de los hombros y exclamó: -Perdóname, hoy he tenido un día terrible.

 

            Ella se calló lo de Erik, lo de Yel, no quiso angustiarme más. Ella pensaba que yo era inocente, que no había por qué acusarme de todo lo que pasara. Al día siguiente me llevó a los sembradíos.

 

            -Haré una excepción contigo dándote trabajo, jamás había empleado a ningún hombre hasta hoy.

 

            -Te lo agradezco pero, ¿qué puedo yo hacer en los sembradíos?

 

            -Recibirás los pedidos, anotarás las direcciones para el envío de las cosechas, esas tareas las realizaba yo.

 

            -Me alivia saber eso, pues pensé que tenía que hachar los árboles. Espero servirte, Martial.

 

            -Sí que lo harás bien. Pruébate este uniforme, creo que es de tu talla.

 

            Un hombretón de unos cincuenta años se acercó a nosotros, tenía unos brazos tan musculosos que parecía que le iban a estallar en cualquier momento. – ¿No decía que no tomaba hombres? –inquirió de mal talante a Martial.

 

            -Eso a usted no le incumbe, Sam, váyase de aquí.

 

            -Usted se burló de mí, no me quiso emplear y ahora le da trabajo a este monigote.

 

            -Sam, yo contrato a quien me da la gana. Y ahora, ¡largo!

 

            -No. Hace falta alguien que le a usted una lección, ricura.

 

            -Déjela, señor –le pedí –es una mujer.

 

            -Entonces me desquitaré contigo- exclamó Sam, avanzando hacia mí.

 

            

 

            Yo me refugié detrás de Martial -¡Martial! ¡Martial!, dile que no me pegue, (sollozos) no permitas que me haga daño.

 

            Sam, al verme lloriquear se sorprendió.

 

            -¿Eh? ¿Qué es esto? ¡Ja, ja, ja! –Tienes razón –le dijo a Martial –tú nunca contratas hombres; me lo había parecido. Discúlpame, disculpa. Pensé que era un hombre. ¡Ja, ja, ja, ja!

 

            Cuando el hombretón se marchó, aferrado a Martial pregunté: -¿Ya… ya se fue? ¿Ya se ha ido? Quería golpearme, cómo Kerbs…

 

            -¡Cállate, estúpido! ¡Cállate! -explotó Martial- A veces es más honroso recibir una paliza que escudarse tras de una mujer.

 

            -Lo lamento, yo no quise…

 

            -No quiero explicaciones. Es mejor que te vayas a casa. Te veré a la tarde.

 

            -¿Y el trabajo que me ibas a dar?

 

            -Vete a casa. Haz lo que te ordeno, ya que sólo sirves para obedecer.

 

            -Está bien, Martial, está bien.

 

Y me fui avergonzado. Me fui totalmente avergonzado. Yo sentía que Martial estaba cada vez más lejos de mi alcance y con mi actitud cobarde lo único que tenía de ella era desprecio. Solamente desprecio.