Crónicas de Sargón 2 - Tom

 

 

 

            Entidad: Con vosotros Ra-El-Dan, relatando una historia que corría en el año 6.200 de la Era Galáctica de Sargón 4 hace 3.800 años, a 12.000 años luz de Sol 3.

 

            Sargón estaba en guerra con treinta y cinco planetas de la periferia que se habían escindido de la Federación por ansias de poder, arruinando la prosperidad de todo lo que era Sargón 4, que hacía medio siglo atrás había vencido al Imperio Mordon, un imperio de una raza reptiloide que sembraba el terror y ahora, de nuevo,  sumergido en una tremenda guerra donde el líder de la flota, Ascardín, era el héroe de toda la Federación, hijo del ministro Obradín y la concejala Arduana de Sargón 4. Pero voy a seguir contando de mí.

 

            Había amanecido en el sector G de la colonia C de un planeta llamado Angustor, un planeta insignificante. Me había recogido una joven de cabello pelirrojo muy fuerte, que sabía lo que en Sol 3 se llamaría artes marciales, guerra con todo tipo de armas, excelente guerrera. Martial era implacable con los enemigos pero muy buena con los indefensos como yo.

 

Me había alojado en su casa y ya me sentía mucho mejor, me sentía más repuesto, no estaba tan débil, ya no tenía tanto hambre como cuando me encontró. Me había curado de las heridas pero todavía no me acordaba de nada del pasado ni por qué había perdido la memoria, por lo menos, la memoria reciente. Y el doc amigo de Martial no sabía por qué.

 

Ella acercó un recipiente y me dijo: -Come, debes alimentarte.

 

-Sí. –Asentí.

 

-Has cambiado bastante tu aspecto, ¿eh? Hace veinte días cuando te encontré pesabas varios kilos menos, estabas sucio, pálido, penoso y apenas si hablabas una sílaba.

 

            -Bueno, tú me has atendido bien, Martial.

 

            -¡JA, ja! Me gusta hacer favores. ¿No recuerdas nada?, ¿ni siquiera tu nombre?

 

            -No, tengo la mente en blanco.

 

            -Pues entonces te llamaré Tom. ¿Te gusta?

 

            -Lo que tú digas para mí estará bien.

 

            -¡Ay…! ¡Dios, Dios, Dios, Dios, Dios, Dios…! ¿Sabes qué pasa? Yo tengo un ideal de hombre. Si bien yo soy rebelde y guerrera y ningún hombre me ha vencido en combate, sueño con el día de mañana encontrar aquel hombre, aquel, aquel, no que me domine, porque no me gusta que me dominen, pero que sea mi igual, que sea valeroso, que luche, no que diga: “Lo que tú digas estará bien”. Pero bueno, bueno, bueno, bueno; hoy te diré donde te hallas.

 

            Le presté atención.

 

            -Esta es Gotam, la más importante de las colonias del planeta. El planeta se llama Angustor. Como se llama Gotam, le decimos sector G. La ciudad tiene casi dos kilómetros de extensión de norte a sur y la cúpula aislante que abarca todos los sembradíos y siete sectores y las dos zonas mineras tiene cinco kilómetros de diámetro. Yo nací aquí hace veintidós años. Heredé de mis padres un pequeño sembradío y en el presente me hallo en una posición desahogada.

 

            -Pero… Discúlpame, pero… no te veo como trabajando en un sembradío, no te veo como… no sé, como una campesina…

 

            -¡Je, je, je, je! Tom, tengo diez empleadas las cuales me son absolutamente leales, y esas empleadas me permiten que yo vaya a las prácticas. Voy a un gimnasio que está en el borde, donde hay un maestro que me enseña el arte de la mano vacía, me enseña a pelear con espadas, aparte tiro con armas y tengo una puntería perfecta, conozco todos los puntos débiles del cuerpo y ahora a mis veintidós años he combatido contra dieciocho alumnos varones y ninguno me ha vencido. ¿Qué te quedaste pensando?

 

            -¿Por  qué no tienes trabajadores masculinos?

 

            -¡Ja, ja, ja! No, no, no, los hombres sólo piensan que nosotras sólo servimos para  amarlos, atenderlos, nos ven como figuritas decorativas…

 

            -Pero, sin embargo, a mí me atiendes.

 

            -No es lo mismo, a ti te veo tan indefenso… ¿Por qué pones esa cara, Tom?

 

            -Lo siento, quisiera ser fuerte y valeroso para no inspirarte lástima. Ni siquiera me ves como hombre.

 

            -No, pero está bien. No debes ofenderte por ello.

 

            -¿Por qué me voy a ofender si tú me has atendido, me has sanado de las heridas? Sé que has pagado de tu bolsillo  al doctor.

 

            -Por lo pronto, Tom, comenzarás a hacer ejercicios corporales. Tienes músculos desarrollados, eso significa que alguna vez, no sé, digo yo, alguna vez has cultivado tu físico; sería una pena ver que se atrofiara de tanta inactividad.

 

            -Está bien. Me ejercitaré.

 

            -Y luego, te llevaré a pasear por el centro de Gotam.

 

            -¡Nnnno! ¡No! Habrá mucha gente.

 

            -Cálmate, Martial estará contigo protegiéndote.

 

            Tendría que ser agradecido por sus palabras. Me protegía, me cuidaba pero en el fondo yo sentía como que… no sé, que una mujer me proteja… no es por ser –como decís vosotros en Sol 3- machista o feminista, no; no se trata de eso, pero me hubiera gustado ser algún héroe. Había leído los periódicos, la Gran Guerra, la rebelión, las batallas. Yo miraba las naves y sentía… sentía como en el estómago… como un cosquilleo, como un vértigo y eso me atraía, me atraía, me atraía, me atraía… veía las holo fotos de los guerreros luchando con las espadas de energía y yo me visualizaba en lugar de ellos, yo me visualizaba como un héroe cuando en la vida real tenía miedo de ir en el helio móvil con Martial hacia el centro de Gotam, es como que hubiera dos yo: el que sueña y el que está, el inútil, el que en vuestro mundo Sol 3 sería el conejo, el ramulá... el que no sirve para nada.

 

            Antes de salir hacia el centro de Gotam Martial me dice: -Haz flexiones, haz abdominales. Luego te das una ducha y te secas con el aire caliente y vamos.

 

            -Lo que tú… lo que tú digas, Martial.

 

            -¡¡¡No, Tom!!! Está bien que me hagas caso, estás en mi casa pero me molestan las frases tan… tan de consentimiento. Me gustaría que alguna vez aprendas a decir no.

 

            -Sí, Martial.

 

            ¡Plas! (bofetada) -¡¡¡No!!!

 

            -No, Martial- respondí.

 

-¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! No te imagino un guerrero, no te imagino un guerrero, Tom. ¿Por qué tienes lágrimas?

 

            -Yo tampoco me imagino un guerrero… (sollozos) Porque vivo con temores, yo tampoco me imagino un guerrero y sueño con ser un guerrero.  Vi la holo foto del héroe y quisiera ser cómo él…

 

            -No sé de quien hablas, pero me parece que sueñas demasiado, ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!

 

            Me encantaba su risa. Es como que hubiera estado en secreto enamorándome de Martial, pero ahí sí que apuntaba demasiado alto y no quiero soñar más por ahora. No debo. ¡No debo!