Crónicas de Sargón 1 - Tom

 

 

 

            Entidad: Se comunica con vosotros Rael-Dan relatando una historia que, de alguna manera, tiene que ver con la

Federación de Sargón 4. Pero ahora voy a hablar de mí.

 

            Abrí los ojos. Tenía frío. Me tocaba el rostro y llevaba una descuidada barba de varios días. Me miré las ropas y

 estaban casi destrozadas. Me encontraba débil, quizá hacía un par de días que no probaba bocado y me sentía muy mal.

 

                              

 

            -¡Eh! ¡Tú! ¡Largo de aquí! -El sereno de la fábrica donde estaba se había acercado.

 

            -No me pegue. -Me protegí el rostro con los brazos.

 

            -Cálmate, cálmate, sólo quiero que te largues.

 

            -Ya me voy. No se enfade.

 

            Me tambaleé apoyándome en los tarros de basura para no caerme. Fui sujetándome de la pared, alejándome

 lentamente. Me sentía pésimo: dolor de estómago, me dolían los brazos, me dolía todo el cuerpo, todo el cuerpo. Mientras

me alejaba me di vuelta y vi que el sereno se rascaba la cabeza. Quizá se preguntaba cómo llegué yo a ese sector de la

 colonia sin haber sido visto por las autoridades. ¡Ah!, ahí no terminaba la cosa; iba caminando por un callejón en esa

 obscura ciudad de ese oscuro mundo y dos hombres con cara de pillos se acercaban burlándose, riéndose de mí y me

 cortaban el paso. Uno me empujó, el otro me atajó y me volvió a empujar y caí al piso.

 

            -Por favor, por favor, déjenme, déjenme… -Me volvieron a cerrar el paso.

 

            -Je, je, je, oye amigo, ¿por qué estás tan amargado?, ¿no tienes sentido de la diversión?

 

            Me palmearon con fuerza pero la espalda me dolía como si hubiera recibido una golpiza.

 

            -Por favor, quiero dormir…

 

            -¿Qué dices? ¿Nos estás diciendo que nos vayamos?

 

            Uno me sujeta del cuello y se escucha una voz de mujer.

 

–¡Alto! ¡Alto ahí!

 

Los hombres se dieron cuenta y yo levanto la vista y miro una bella joven de rojos y largos cabellos, hermosa,

 alta, parada a tres metros. Las piernas abiertas con largas botas negras, las manos en la cintura, los ojos verdes,

 fríos, congelados, dominaban la escena.

 

            -Jajá, mira, –le dijo un pillo al otro- es una hermosura.

 

            -Así es. Dejemos a este errante y encarguémonos de la chica.

 

            -Con la mirada helada ella dijo: -Dejen de hablar y lárguense.

 

            -¿Has escuchado, Oank? Nos llamo… Nos insultó.

 

            -Ya lo sé, pero ahora verá quienes somos nosotros.

 

            -¡Fuera, tú!

 

Me empujaron contra la pared.

 

-¡Ay! Sentí como un golpe... ¡Aaaah! Levanto la vista y los veo lanzados por el aire y a los dos, uno cayó sentado y otro

 dio con la cabeza en el piso sintético y quedó desmayado.

 

            -¡Llévate a tu amigote, rápido! –le dijo la pelirroja- y tienes suerte, rufián, que hoy no tengo ganas de jaleo.

 ¡Lárguense!

 

            -Nosotros sólo queríamos bromear…

 

            -¡Váyanse!

 

            La muchacha me observó y su mirada se descongeló algo, se dulcificó.

 

-¿Cómo te llamas?

 

            -No lo sé.

 

            -Está bien, ¿pero de donde vienes? O sea, ¿no eres de aquí?

 

            -No sé… Sé que me duele mucho la cabeza, me duele demasiado la cabeza.

 

            -Ven conmigo, te atenderé en casa.

 

            -Está bien. -Me ayudó a caminar.

 

            -¿Tienes hambre?

 

            -Sí. Y tengo mucho sueño.

 

            -No sé por qué hago esto pero yo te atenderé. Sígueme.

 

            -¿Cómo te llamas?

 

            -No sé, de verdad que no sé… no me acuerdo de nada.

 

            Me tuvo quince días en su casa. Todos los días venía un médico, un hombre grande, de barba. Era raro porque casi

 ninguno de la gente que yo veía usaba barba. Sí bigotes pero no barba. El hombre se llamaba Jozen.

 

            -Hace quince días que lo tienes en tu casa, debes dejar que lo interne.

 

            -No.

 

            -¿Por qué no, Martial? En el hospital espacial de neurología y psiquiatría le darán los cuidados necesarios.

 

            -No, doctor, él no está loco y conmigo está bien.

 

            -Martial, yo lo revisé, no le encontré ninguna mejoría. Sufre un estado amnésico, no sabe su nombre ni de donde

 viene, tiene un temor constante por todo, hacia todos.

 

            -¡Es verdad, es verdad, es verdad! –asintió la muchacha- parece un chico desvalido.

 

            -Sin embargo –le cortó el doctor- puede ser peligroso, no sabemos si posee una furia latente escondida en su

 interior…

 

-¡Ja, ja, ja, ja! Tonterías… No, es un joven dócil incapaz de causar el menor daño a nadie.

 

            -De todas maneras, tú eres una chica soltera y muy bien parecida. No creo que sea bien visto en la colonia que

 tengas a un hombre bajo tu mismo techo.

 

            -Mire doc, usted bien sabe, y perdóneme, que yo desprecio a todo el género masculino. Yo soy guerrera, practico

 todo tipo de combate a mano limpia, con armas, no conozco hombre que me haya vencido. Los hombres nos siguen

 mirando como objetos sexuales y no tienen capacidad para apreciar en nosotras otras virtudes más espirituales.

 

            -No todos somos así, Martial.

 

            -La gran mayoría lo es y cuando se topan con una mujer de verdad no saben cómo hacer para conquistarla. Se

 pavonean ante nosotras sin saber que sólo terminan haciendo el ridículo.

 

            -Y bien, tú tienes un hombre en tu casa, ¿qué tienes que decir?

 

            -Es distinto, -Martial dulcificó la sonrisa mirándome, me miraba con una risa como diciendo, ¿qué puede hacer él?-

 no tiene maldad en la mirada, sus escasas palabras no cargan dobles intenciones, aparte, los comentarios adversos me

 resbalan por la piel sin llegar a dañarme.

 

            -¿Y qué queda haciendo cuando tú te vas a trabajar al sembradío del sector G?

 

            -Le dejo comida preparada, doc, y las lecciones del día.

 

            -¿Lecciones? ¿Cómo lecciones? ¿De qué lecciones hablas, Martial?

 

            -Sí, doc, desde el segundo día que vive conmigo le empecé a dar clases sobre diversas materias.

 

            -¿Y asimila algo?

 

            -Creo que si, doc, le estoy notando una pequeña lucecita de inteligencia en sus ojos. -La joven hizo una pequeña

 pausa. -Quizá mis largos monólogos le ayuden a recuperar sus perdidos recuerdos.

 

-Martial, ¿vale la pena todo el trabajo que te tomas?, no lo digo por mal, sabes que yo soy médico y verdaderamente me

 gusta que todo el mundo esté bien.

 

            -Doc, es un gusto para mí, hago una buena obra protegiendo a un ser tan, pero tan indefenso.

 

-Lo extraño de todo eso –agregó la chica- es que su musculoso cuerpo no tiene nada que ver con su tremenda timidez,

 nadie diría al ver su firme mentón que es un ser miedoso, apático. Es un misterio.

 

            -Sí que lo es, es un tremendo misterio. Misterio porque verdaderamente cuando lo reviso, el otro día con el torso

 desnudo, y si bien le faltan unos kilos de peso… no sé, disculpa que te diga esto, pero tiene el físico de un guerrero.

 

            -¡Jajajajajá!!!  Jajajajá!!  ¿Qué dice, doctor… ¡Jajajajajajá!!  Mírelo, doctor, es un ramulá…

 

El ramulá era un animal como vuestros conejos y verdaderamente no me ofendía porque yo me sentía como un ramulá,

 yo me sentía como uno de vuestros conejos... inofensivo, tímido, huidizo, manso y con mucho miedo en una

 colonia, en un planeta que seguramente sería de la periferia.

 

Salí con los ojos llorosos a la intemperie, la fuerte lluvia disimuló mis lágrimas. Me habían tildado de ramulá...

 

 

 

¿Pero quién era yo? ¿Quién era?, ¿Quién era…?